Opinión
Aceite de piedra: el peor de todos los males en un gobierno de derecha
Se dirá que el petróleo es una bendición. También se dijo, en otros siglos, que el oro lo era. La historia, que es una biblioteca de desengaños, enseña otra cosa: a veces la riqueza súbita no funda repúblicas más justas, sino tentaciones más groseras.
Uruguay, país modesto y todavía legible, debería temer menos la pobreza de sus entrañas que la codicia que podría despertarse si un día apareciera petróleo en ellas. El problema no sería el hidrocarburo, sino la religión de la corrupción que suele acompañarlo: privatizar, concentrar, prometer eficiencia, entregar soberanía con palabras elegantes y balances opacos. El petróleo, en manos de una derecha doctrinaria, no sería un recurso: sería un atajo. Y los atajos, en política, suelen conducir al pantano de la desigualdad, donde la riqueza fluye hacia los que ya la poseen.
Nigeria ofrece una parábola severa. Halló petróleo y no halló paz. La riqueza no descendió sobre el pueblo como una lluvia ecuánime; se acumuló en élites, alimentó corrupción, violencia y dependencia. El subsuelo fue generoso; la superficie, no.
Noruega, en cambio, hizo lo improbable: trató al petróleo como un bien transitorio y no como una orgía de caja inmediata. Lo rodeó de Estado, de impuestos, de prudencia y de largo plazo. No adoró al pozo: lo administró. La diferencia entre ambos países no fue geológica. Fue moral, institucional y política.
En Uruguay el peligro sería creer que privatizar equivale a modernizar. Ese es el espejismo favorito de cierta derecha: vender patrimonio, debilitar controles y llamar libertad a la subordinación. Privatizar lo rentable y dejar al Estado el peso de las pérdidas es una vieja costumbre de los privilegiados. Si alguna vez el país abre esa puerta, la discusión central no debería ser quién hace negocio primero, sino cómo impedir que se beneficien los mismos de siempre y cómo convertir esa renta en bienestar común. Que vaya al BPS, a la salud, a la educación, a la infraestructura pública. De otro modo, el petróleo no suplanta la inteligencia: la reemplaza por codicia, dependencia y una forma más vulgar de crueldad.